All Hallow’s Eve 2014

Nights of cydonia

Camina arrastrando sus pasos a través de la noche, confuso. Las calles están atestadas de gente armando escándalo a pesar del frío, aunque él no es capaz de sentirlo. Su cuerpo está abotargado, alejado de la realidad, y su mente, sumida en una espesa neblina que filtra cualquier información que pueda alcanzar a sus adormecidos sentidos. No le preocupa no comprender con claridad lo que ocurre a su alrededor; lo que le asusta de verdad es la aparente incapacidad de enfocar con claridad su vista y de que sus miembros respondan naturalmente a las órdenes de su cerebro.

Continúa su sinuoso vagabundear, cojeando y chocando con personas ebrias de una alegría que él no entiende.

—¡Eh! ¡Mira por dónde vas!

No es capaz de responder al improperio. Se esfuerza por observarlo:  su indumentaria es extraña, pero no sabe por qué. Gime con agonía y sigue su camino ignorando la reacción…

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Olores III

Son las 2 de la madrugada, no puedo dormir y me estoy dando cuenta de que tengo una pequeña obsesión: he abierto la ventana (con el puñetero frío que hace) y me he puesto a aspirar el aire. Era fresco, olía a rocío y a noche. Olía a lluvia, a tierra seca recién mojada. Olía a bosque del norte. casi podía sentir el aroma de los eucaliptos.

Olores II

El viernes, cuando volvía de la universidad, delante se sentó una chica que olía de una manera muy peculiar, me pasé todo el trayecto pensando a qué se asemejaba su olor.

Nada más aspirar olía fresco, como a fruta de la pasión, pero al terminar con la aspiración, el olor era completamente distinto: seco, parecido al tabaco, pero menos asfixiante, más a humo de chimenea, pero sin llegar a ello.

Pero conforme pasaban los minutos, ya cuando estaba a punto de bajarme, me di cuenta de que ya no olía igual. Olía más bien a alcohol puro, pero con cierto toque dulzón, como los vinos baratos.

Olores I

Últimamente me suceden cosas muy raras con los olores, esta semana y los autobuses.

Estaba el miércoles en el autobús que me lleva hasta la universidad y tenía mucho sueño, así que terminé durmiéndome. Y a mi lado estaba sentada una mujer que olía a piruleta, olía mucho a piruleta. Y cuando me dormí, empecé a soñar con charcas de piruleta líquida en las que me bañaba y chapoteaba, cascadas de piruleta, árboles de piruleta… lamía y bebía piruleta, emborrachándome es su sabor…

Pero entonces se fue la mujer olor piruleta, y en su lugar se sentó un hombre que olía a tabaco. Y en mi sueño todo se empezó a cubrir con una densa nieva gris, todo olía a humo y me desperté de muy mala leche.

La luz de las estrellas

Y, como es de esperar, de toda esta vida generada por el Camino, alguna es especial. Pero no eran especiales por ser más rápidos, más grandes o más listos. Lo único que les distinguía era ser capaces de captar la energía de la vida con mayor facilidad que sus congéneres.

Sí, estos pequeños puntitos de luz no se diferenciaban de aquellos semejantes a ellos, pues la energía no se ve.

O así debería ser, pues algunos, de tanta energía que conseguían almacenar, esta les desbordaba. Y toda esta energía radiante, lucía luminosa como un sol de medio día. Cayendo a su alrededor como si de una espesa capa se tratara.

Hubo un momento y una cultura que generó muchos captores de energía. Estos captores de energía se alzaban orgullosos mirando por encima del hombro a sus congéneres menos agraciados. Y los otros les adoraban con exacerbada devoción. Les llamaban ángeles. Y cuando desaparecieron, se convirtieron en leyenda.

Aunque nunca desaparecieron. Puede ser que esa cultura ya no los generara, pero los captores de energía nunca se extinguirán. Tan solo permanecemos mudos e invisibles ante los ojos y oídos de los que nos rodean. Nos cubrimos con el velo de la rutina y todo lo común.

Y así pueden volar libres, ahora y para siempre.

El camino de la vida

Y es en estos tiempos en los que ya todo pasa muy rápido, cuando uno se hace consciente de la fragilidad de la vida. Supongo que algo tiene que ver el hecho de que la propia esté a punto de extinguirse. A punto de diseminarse como un diente de león en pleno verano.

Mi nombre es Orion. Y hace ya mucho tiempo que estos viejos ojos observan el universo. Me gustaría vivir mil vidas para conocerlo todos, y aún así no llegaría a conocer ni la mitad de lo que desearía conocer. Incluso contando con el privilegio del que cuento.

Pero nunca será así. Mis días llegan a su fin.

Y es, ante mi inminente marcha, que una imperiosa fuerza nacida del mayor anhelo de los seres vivos, se alza y me derrumba. Desearía haber tenido hijos. Incluso a estas alturas podría ser abuelo. Pero mi vida me llevó por derroteros muy distintos. ¡No me arrepiento! Pero…

De todos modos ya no tiene remedio. Por eso sacio mi instinto de preservación de la especie escribiendo lo poco que se sobre este vasto universo. Espero que le sea útil y esclarecedor a aquel que un día lea esto, pues esa es mi mayor ilusión ahora mismo.

¿Y qué es lo que sé de este universo? te preguntarás. Pues no mucho, pero si una historia que pocos conocen.

Esta historia cuenta que el universo es tan vasto que ni los genios más imaginativos han podido imaginárselo. Allá fuera todo es oscuro y frío. Piedra y gases nocivos. Todo. Pero un pequeño camino, algo parecido a un túnel, recorre este universo de una manera un tanto curiosa. Da vueltas y vueltas, gira, asciende y desciende, sin orden ni concierto. Este caótico túnel constituye la más perfecta de las composiciones, pues todo él es energía, y la energía es lo que hace posible la vida.

Me explicaré: El Camino de la Vida engloba con sus cálidas corrientes un planeta. Ese planeta era tan solo piedra y gas con el Camino lo alcanzó, pero, conforme se hundía en sus remolinos, en el planeta se iban generando pequeñas formas de vida, y estas evolucionaban hasta transformarse en grandes formas de vida.

Y así, de la energía surge la vida.

Epilogo: Derrumbamiento

Y todo aquello se desmoronó.

No fue lento ni rápido. No fue constante ni caótico. No fue real ni imaginario, ni todo lo contrario.

Tan solo se derrumbó.

Primero todo se volvió gris. Todo dejó de brillar. La lluvia caía de los cielos como las lágrimas de los ojos de Hime. Después los animales empezaron a morir como sus ideales. Las casas se derruyeron desde los cimientos. El palacio explotó por los aires. Los árboles se marchitaron hasta volverse polvo. El mar se secó. La tierra se pulverizó. Y la oscuridad todo cubrió.

Hime salió de su cárcel blanca. No sonreía, pero estaba dispuesta a darlo todo por esa posibilidad que Gabriel le había descubierto. El mismo Gabriel que la observaba con esa intensa mirada verde desde el otro lado del frío cristal de la blanca prisión. Aquel Gabriel que derritía su corazón con esa sonrisa, con esa mirada. Ese Gabriel que tanto le había ayudado…